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martes, 1 de junio de 2010

Ama-terasu y Susa-no-o


Susa-no-o, el “Macho impetuoso”, era hermano de Ama-terasu, la diosa del Sol. Susa-no-o aparece retratado como una deidad problemática y figura en el panteón de dioses japoneses como un elemento decididamente perturbador. Su carác-ter se percibe con mayor claridad en el Nihongi que el de ninguna otra deidad mencionada en cualquiera de estas obras de la antigüedad. Susa-no-o tenía mal genio y actuaba con crueldad y ferocidad. Caracterizado como un hombre barbudo, era también muy dado al lamento y a la queja. Como un niño enrabietado rompe en pedazos sus juguetes, el “Macho impe-tuoso”, ciego por la ira sin reflexionar por un instante, arruinaba el verdor de las montañas segando muchas vidas.
Sus padres, Izanagi e Izanami, preocupados por su comportamiento, decidieron desterrar a su indisciplinado hijo a la Tierra de Yomi. Pero, antes de la partida, Susa-no-o realizó la siguiente petición: “Obedeceré vuestras órdenes y partiré al Reino de las Tinieblas (Yomi). Pero antes deseo ir a la Alta Llanura Celestial para visitar a mi hermana mayor (Ama-terasu) y después me marcharé para siempre”. Este deseo aparentemente inocente le fue concedido y Susa-no-o ascen-dió al Cielo. Su marcha causó una gran conmoción en el mar y las colinas y las montañas retumbaron con estruendo.
Ama-terasu, al escuchar el ruido, supo que su malvado hermano se aproximaba así que se preguntó: “¿Vendrá mi her-mano menor con buenas intenciones? Creo que su intención es la de arrebatarme mi reino. Por el cargo que nuestros padres nos dieron, cada uno de sus hijos tenemos asignados nuestros propios dominios. ¿Por qué mi hermano osa recha-zar el reino que le pertenece y acude descaradamente aquí?”.
Ama-terasu se preparó para la batalla. Se recogió el cabello con una coleta y lo adornó con piedras preciosas. Alrededor de las muñecas enrolló “una cadena de qui-nientas gemas de Masaka”. Su apariencia era formidable. Se colgó a la espalda una aljaba con mil flechas y otra con quinientas, y se protegió los brazos para amortiguar el golpe de la cuerda del arco. Una vez preparada para el combate, blandió el arco y empuñó la espada y pateó el suelo hasta excavar en él un hoyo tan grande que le servía de fortificación.
Pero sus ingeniosas precauciones resultaron en vano pues el “Macho impetuoso” llegó ante ella suplicante y dijo: “Mi co-razón no siempre ha sido oscuro. En obediencia a nuestros padres y en cumplimiento del severo castigo que me han im-puesto, debo partir para siempre al Reino de las Tinieblas. Pero, ¿cómo voy a irme sin ver por última vez el rostro de mi hermana mayor? Por esta razón he caminado entre las nubes y la niebla hasta llegar aquí. Sin embargo, para mi sorpresa, mi hermana me recibe con semblante serio”.
Ama-terasu recelaba de la actitud de su hermano. El amor fraternal y la crueldad de Susa-no-o no eran sentimientos fácil-mente conciliables. La diosa decidió probar la sinceridad de su hermano y pudo comprobar que la pureza de corazón del “Macho impetuoso” era sincera.
Pero el buen comportamiento de Susa-no-o duró poco tiempo. Ama-terasu había sembrado un gran número de exce-lentes arrozales en el Cielo. Algunos eran estrechos y otros eran largos y Ama-terasu se sentía muy orgullosa de ellos. En primavera, justo después de que Ama-terasu hubiera sembrado las semillas, Susa-no-o deshizo las divisiones entre los terrenos y en el otoño dejó que los potros se escaparan.
Un día vio a su hermana en el sagrado Salón de Tejer, cosiendo la vestimenta de los dioses, e hizo un agujero en el techo por el que arrojó un caballo despellejado. Ama-terasu se asustó tanto que se hizo una herida con la aguja. Enfadada en extremo, decidió abandonar su residencia así que, recogiendo su brillante atuendo, se deslizó por el cielo y se escondió en una cueva decidida a permanecer allí recluida.
El mundo se sumergió en la oscuridad de una noche eterna. Después de la catástrofe, las ochenta miríadas de dioses se reunieron en la orilla del Río del Cielo para idear un método capaz de hacer que Ama-terasu inundara el Cielo de gracia con su glorioso brillo de nuevo. Tras profundas deliberaciones decidieron reunir un gran número de pájaros cantores de la Tierra Eterna. Después de diversos vaticinios realizados con un hueso de ciervo sobre un fuego alimentado con corteza de cerezo, los dioses fabricaron herramientas, fuelles y fraguas. Fundieron las estrellas para forjar un espejo y realizaron también joyas e instrumentos musicales.
Una vez estuvo todo preparado, las ochenta miríadas de dioses se dirigieron a la entrada de la cueva en la que la diosa del Sol se había ocultado y ejecutaron un elaborado entretenimiento. En las ramas altas del Verdadero Árbol de Sakaki colgaron las valiosas joyas y en las ramas medias, el espejo. A cada lado había un gran coro de pájaros cantores, que era sólo el preludio de lo que estaba por venir. Uzume (“Alarmante hembra divina”) cogió una lanza adornada con brotes de Eulalia y se hizo un tocado con hojas del Verdadero Árbol de Sakaki. Volcó una cuba, se subió encima y comenzó un baile voluptuoso que provocó las carcajadas de las ochenta miríadas de dioses.
El escándalo despertó la curiosidad de Ama-terasu, que se asomó a la entrada de la cueva para ver qué sucedía. Una vez más el mundo se iluminó con su presencia. Una vez más ocupó su lugar en la Alta Llanura del Cielo y Susa-no-o fue casti-gado y desterrado a la Tierra de Yomi.


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