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martes, 22 de junio de 2010

Susa-no-o y la Serpiente

La habitual inconsistencia de los mitos y las leyendas nos impide saber acerca de la estancia de Susa-no-o en la Tierra de Yomi, pues las crónicas conservadas omi-ten cualquier referencia al respecto. En la siguiente noticia que tenemos de él, el personaje se distancia de su tradicional imagen malévola, más bien podría ser incluso merecedor de comparación con cualquiera de los caballeros de la Mesa Redonda. Desconocemos por completo a qué es debido semejante transformación de su personalidad; bien sea producto de algún astuto ardid o bien motivado por un sincero arropentimiento provocado por la huida de su hermana a la cueva, lo cierto es que carecemos de información al respecto.
Susa-no-o, tras descender del Cielo, llegó al río Hi, en la provincia de Idzumo. Allí llegó hasta sus oídos el sonido de un la-mento. Era tan extraño escuchar otro quejido que no fuera el suyo que se decidió a buscar el origen del mismo. Así fue cómo descubrió a un anciano y a una anciana que acariciaban y miraban con ojos llorosos a una joven de la que parecían despedirse por última vez. Cuando Susa-no-o preguntó a la anciana pareja quiénes eran y por qué lloraban desconsolados, el hombre le respondió: “Soy una deidad terrenal y me llamo Ashi-nadzuchi (“Anciano del pie lastimado”), y ésta es mi esposa, Tenadzichi (“Anciana de la mano lastimada”). Nuestra hija se llama Kushi-nada-hime (“Maravillosa princesa de Inada”) y el motivo de nuestra aflicción es que hemos tenido ocho hijas que una tras otra han sido devoradas por una serpiente de ocho cabezas. Cada vez está más cerca el momento en que ésta, nuestra hija, perezca de igual modo. No hay escapatoria y, por eso, lloramos amargamente”.
El “Macho impetuoso” escuchó el lamento del hombre con mucha atención y, conmovido por la belleza de la joven, se ofreció a matar a la serpiente de ocho cabezas si los padres de la muchacha le concedían su mano. Estos accedieron de buen grado.
Susa-no-o transformó a Kushi-nada-hime en un peine con el que se ciñó el cabello. Ordenó a los ancianos que prepararan gran cantidad de sake que después vertió en ocho tinajas. Y se quedó esperando la llegada del monstruo.
Llegó la serpiente con sus ocho cabezas, cada una con un par de ojos rojos “como el alquequenje”, tenía también ocho colas y en su lomo crecían abetos y cipreses. Era tan larga como ocho montañas y ocho valles. Reptaba con lentitud y, cuando vio el sake, cada una de sus cabezas bebió ansiosamente hasta que la serpiente se emborrachó y cayó en un profundo sueño. Entonces Susa-no-o, sin nada que temer, desenvainó su espada de diez palmos y cortó al monstruo en pedazos. Pero cuando rebanó una de las colas, su espada tropezó con algo y se dobló. Así fue cómo encontró la espada llamada Murakumo-no-Tsurugi. Como suponía que se trataba de un arma divina se la entregó a los dioses del Cielo.
Tras cumplir con éxito su cometido, Susa-no-o convirtió el peine en Kushi-nada-Hime y ambos se trasladaron a Suga, en la provincia de Idzumo, para celebrar sus esponsales. Allí compuso los siguientes versos:

Las nubes se levantan
a ambos lados de la empalizada
para recibir a los esposos.
Ellos forman también una empalizada,
una empalizada resistente.

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